CAPÍTULO 1 – PASADO
“El amor inmaduro dice: ‘te amo porque te necesito’.
El amor maduro dice: ‘te necesito porque te amo’.”
— Erich Fromm, El arte de amar:
Porto Alegre, 27 de febrero de 2020
Desde lo alto de aquel puente, miré al cielo y dije: “confiad en mí, soy digno de esta misión. Tocaré corazones y llevaré adelante vuestro mensaje. Seré el mensajero de las verdades escondidas en el pecho de quienes sufren y buscan un consuelo en las palabras, un traductor de sentimientos”.
En ese momento, me estremecí por completo, de pies a cabeza. Alguien, probablemente, me había escuchado, y creo que fueron las personas adecuadas. Tuve la certeza de que recibiría una respuesta positiva a mi deseo, solo que no sabía que tardaría tanto.
La primera persona a quien le conté mi sueño fue Valentina; no podía ser de otra manera. Ella es la inspiración de mis líneas más hermosas.
Llegué a pensar que me había tomado por idiota por tener un sueño tan atrevido, pero esa duda se desvaneció cuando, algún tiempo después, me entregó un libro de poemas que había encontrado en una librería de segunda mano. Cuando lo abrí, la sorpresa. Ella había escrito:
“Así como te regalo este libro lleno de hermosos poemas, espero que algún día alguien hojee algo escrito por ti en alguna librería y lo compre pensando en la persona que ama.
Con todo mi cariño, Valentina.
26/02/2020”
En ese momento, tuve la certeza de que me convertiría en escritor. Y ella, sin saberlo, hizo que me sintiera aún más decidido a conseguirlo.
Porto Alegre, 3 de marzo de 2020
Hoy, por fin, entiendo que las personas heridas tienden a herir a otras.
La angustia, el miedo y la ansiedad nos vuelven más propensos a ser momentáneamente despreciables, hiriendo injustamente a quienes no tienen nada que ver con esos sentimientos. No es más que, aunque de forma inconsciente, una manera de castigarnos a nosotros mismos, descargando sobre el otro el peso de nuestras propias frustraciones. Me llevaré este aprendizaje para toda la vida…
Sí, muchas veces fui herido por personas que se encontraban en ese torbellino de sentimientos negativos, pero nada me entristece más que darme cuenta de que, en muchas otras ocasiones, fui yo quien hirió a las personas que amaba.
Está bien, nadie tiene la culpa de eso.
Perdonar y ser perdonado forma parte del proceso de evolución de la vida.
Una de las cosas que Valentina me enseñó fue que debemos ser para los demás aquello que queremos que ellos sean para nosotros. Si nos hieren, aunque requiera un autocontrol enorme, no sirve de nada devolver con la misma moneda. Solo tenemos control sobre nosotros mismos, y la obligación de ser una buena persona es nuestra, no de los demás.
Anduve por los ocho rincones de la ciudad.
Conocí personas de todo tipo.
Vi ancianos pidiendo más tiempo.
Vi jóvenes que no querían seguir vivos.
Hablé con chicas que adoraban sus libros
y algunas que odiaban a los chicos.
Algunos chicos que decían tonterías y algunos que habían vivido toda una vida.
Fueron tantas historias y tantos desencuentros que escribí poesía sobre todas esas personas, algunos versos estaban vacíos y no todos eran buenos, pero no me refiero a las poesías.
Porto Alegre, 9 de marzo de 2020
Hace dos años, estaba en el fondo del pozo. En mi mesa había una colección de botellas vacías, en mi pecho una inquietud incomprendida, un deseo de hacerlo todo, pero sin saber por dónde empezar.
Estaba completamente confundido. Sentía que mis amigos no eran sinceros, que mis relaciones eran un fracaso y que mi potencial se estaba desperdiciando. Tardé en encontrarme. Tuve que buscar a mi verdadero yo. Me rompí en muchas partes hasta conseguir pegar los pedazos para empezar a convertirme en quien quería ser.
En la vida real decimos: me siento solo. Pero en poesía decimos:
Nadie me oyó cuando lloré,
menos mal,
ni siquiera quería que lo supieran,
no quería que me escucharan.
Sabía que no estaba solo,
pero me sentía solo,
como si, después de caminar tanto,
aún siguiera perdido.
Parecía mucho, pero era poco.
Yo era mucho, pero sentía poco.
Y me sentía poco por no entender por qué,
para ser feliz, todavía necesitaba a los demás.
Porto Alegre, 15 de marzo de 2020
Yo consideraba normal mentir y ocultar cosas a las personas que me rodeaban. Hacía lo que creía que debía hacer para alimentar mi ego y, muchas veces, me di de bruces y herí a mucha gente por eso.
Pensar en ello me hace recordar un día, antes de que saliéramos juntos, en el que le pregunté a Valentina si había alguna posibilidad de que lo nuestro llegara a pasar. Ella, sin dudar, dijo que no.
Al igual que ella no era mi tipo ideal de persona, yo tampoco era el suyo. Siempre fue buena observando a los demás. En mí solo veía a alguien demasiado preocupado por salir con varias chicas sin importarle nada.
No creía que pudiera ser una persona con la que ella tuviera una buena relación. No puedo juzgarla; esa era la imagen que yo transmitía.
Si ni siquiera yo sabía por qué actuaba de esa manera, ¿cómo iba a saberlo ella? Y más aún, ¿cómo podría confiar en alguien con tantos problemas? Aquel día sentí vergüenza.
A lo largo de la vida aprendí a evitar la verdad, a esconder bajo la alfombra todo lo que era, todo lo que sentía, todo lo que deseaba. Nadie se daba cuenta ni se preocupaba lo suficiente como para decirme que las actitudes que tenía afectaban a los demás y también a mí.
No voy a mentirte, sentí rabia. ¿Quién se creía que era para decirme esas cosas así, como quien comenta el clima de una tarde de domingo? Pero lo que más me irritaba era que tenía razón. Lo que me había dicho tenía sentido, y también tenía sentido que no me quisiera por eso. Pero ella solo conocía de mí el lado que yo quería que los demás vieran.
Ella veía únicamente a alguien sin sentimientos, a alguien que no se preocupaba por nada ni por nadie. Yo sabía que tenía mis defectos, pero también sabía que, sí, era una buena persona. Solo necesitaba que ella conociera ese lado mío que, hasta entonces, no había dejado ver a nadie.